sábado, 3 de mayo de 2008

T.S.O.T.

La verdad es esta, (D)ios, cansado de ser el (V)erbo que sólo conjugan los hombres optó por una de las numerosas formas del suicidio y se retiró al vacío de su creación. Sólo quedó la palabra, directa flecha que indica y dibuja los caminos de la nada. Un hombre que escribe es un (d)ios que juega a perderse en su obra. ¿Será necesario disfrazar los fantasmas? La vida es una sola noche repetida en el espejo de los otros, por la hendidura de un libro se ilumina la promesa de una huida. ¿Cómo confundir entonces la biblioteca con llave o salida de emergencia si en las hojas se repite el fugitivo? Si es en verdad como supone el hijo que cuando fuera grande quería ser escritor y (D)ios ha abandonado su obra para que ésta pueda crear y que ese invento, ese cuento mal contado que somos, reclama que (É)l regrese a borrarnos, a arrancar la última página y comprimirla hasta sentir la resistente fuerza de una hoja de papel, pocas oraciones podrán salvarnos.
El mundo se acaba cuando el (e)scritor desconfía de su obra, cuando su primera inocencia parece una ingenuidad sin preguntas, reconoce demasiados recursos repetidos, lo confunden los contornos de la retórica, entonces decide, como siempre, lo más justo y razonable, deshacer su obra, crear un (u)niverso que no conozca el espacio que ocuparon las cosas en un mundo anterior a su sueño y su imposible memoria.
Fotografía final del paisaje:
El cielo circular apenas iluminado en sus bordes,
noticias de luz
desde el fondo del tacho.

Marcos Cáceres, “Genetic Apocalypse y otras leyendas del videojuego” Iruya, diciembre de 2001.

De los diversos usos de la ciencia forense

Llegar al hueso gastado de la verdad y arrojarlo al cielo, que la noche cambie las ciudades en ese vuelo, en la estela blanca que cae, en el sonido que anticipa la tierra reseca. Desde aquella mesa entre las bocas concéntricas de las vetas de la madera, hasta el margen de las hojas, de la lapicera que gasta su vida en estas líneas. La cabeza del hombre pende de otros hilos, de cansados mecanismos que no saben detenerse, una línea que se extiende marca la pared de la habitación y eso es el horizonte, desde ahí nacen calles y tapias que se dibujan por ese mismo pulso.
La soledad sigue siendo el deporte nacional en estos cuartos,
destreza del miedo financiado en cuotas,
circo de monos solos que se buscan
unos
____a
otros
para escrutarse los piojos.
Un resabio primitivo casi solidario,
de lenguas que liban heridas
áridos venenos dulces.
Con la punta azul la línea que se extiende, levantar el trazo del papel y mirar con fingido entusiasmo el techo en el cielo de la hoja y con estilo bien estudiado y conciente del hambre de las cámaras arrojar al aire la lapicera.

Marcos Cáceres, “Esto no es 2001 Odisea en el espacio y otros cuentos”, San Pedro de Guasayán 1969.