martes, 22 de mayo de 2007

Rituales paganos

Mordido por la dicha a la hora exacta en que el día se ha vuelto una sonrisa de mandibulas apretadas. Algunas polillas aprendieron a caer en su mesa cuando enciende los restos de su gracia y encuentra al entusiasmo mordiéndole la botamanga de su pantalón. Nadie debería creer en la rigidez de su tedio, nadie debería tratar de despegar su estampa de la mesa del bar. A todo momento le parece estar masticando el cartílago triste de la belleza, mientras golpea brutalmente los parches de su tambor ceremonial.
En el fondo enternecen las torpes representaciones de su sombra, los autorretratos de espaldas al espejo. Lleva su herida como un estandarte, como un oscuro privilegio de estos días. Una incomoda nariz va formando el disfraz y se agita, se conmueve y parpadea. Se equivoca en el tiempo, la síncopa de su corazón lo distrae, transpira y es un solo músculo que se contrae y se pierde, el movimiento es el idioma del parche, de su mano que asfixia los palillos de madera. Todo náufrago guarda una convulsión secreta, la memoria de los maderos, la soledad del sobreviviente. Termina la canción ritual y solo, con su frente bien peinada, presiente un mundo tan obvio.
Cada tanto una mosca se posa en su llaga a libar sus venenos, entonces la figura se completa y no hay distancia entre él y cualquier otro Cristo.

Luis Pereda, Memoria del suburbio, Buenos Aires 2007

viernes, 11 de mayo de 2007

Principio de Arquimedes


El asunto sigue siendo entender los signos en la hoja de ruta. Martínez cree que los arabescos que ha trazado en el papel pueden entenderse como carta de navegación. Yo no discuto, sólo manejo, si una noche de estas amanecemos incrustados en medio de la Gral. Paz, no va a ser mi culpa. El resto de la tripulación ha sabido entender que esta humildad no es otra muestra de lo precario y que las pulgas que los habitan sirven al menos para dar cierta vitalidad a sus cuerpos. Hay una de la carga (como les llama Martínez) que puede mover la punta de los dedos ni bien se le presta un poco de atención y hasta llega a abrir la boca cuando le hablas. A Martínez y a los otros les gusta ir atrás y hablarle seguido, yo no, me dan asco las pulgas. El médico de la base me revisó y dijo que lo mío es un miedo venéreo, yo sé que son sólo las pulgas. Además no quiero encariñarme, puede que un día de estos no sepa cómo descifrar los dibujos de Martínez y ahí sí que no puedo volver a tener asco ni nada. Mejor no, además la carga dura tan poco. Martínez dice que no sufren cuando dan contra el agua, que para el caso es lo mismo porque ya vienen amortiguados de la base. A mi me da la impresión que el vértigo los mata en el aire. Los cuerpos paralelos al río, los miembros agitándose, blandiendo en vano sus extremidades, siempre que los veo caer pienso en que la velocidad no sólo come del tiempo.



Suboficial Principal Antonio Domínguez, Plan de vuelo, Buenos Aires 2076

jueves, 3 de mayo de 2007

Nota Nº 10

Han sido días extraños, el sol aprendió a concentrar su pulso contra las tapias, mientras los árboles arrastraban sus brazos cansados. Le crecieron canas a los pelos de mi lengua y un ojo inquieto comenzó a asomar por cada cerradura. He revisado mis hojas, mis cuadernos de bitácora, todo el intrincado mapa de signos en el Libro del poeta y aun hoy no puedo comprender los motivos de estas tardes de verano. Con un vacío simétrico corriéndole por la espalda, enero parece ya haber ocurrido en el paréntesis de los días. Siempre hay gorriones en los edificios públicos que compensan el silencio de las oficinas, siempre hay golondrinas que disputan el vértigo de las antenas. Yo llevo una nube atada a la sien que se enreda en los cables cuando entro a los cafés, que visita a las mujeres que fui perdiendo, que se oscurece de torpes ontologías y se conmueve, pero aun así no sabe llover sobre mis pasos. La ciudad vacía es un animal sin misterio, un ciego que se repite en los espejos y piensa que no está solo. En días como estos es recomendable tener algo que sostenga estos huesos, no la memoria, sino la lluvia, la sed, los caminos...
Sin embargo el calendario desploma días idénticos ante mis ojos, mientras que en la mesa duermen las palabras con las que mido el tiempo.
Ossip Gregorovius, Cuadernos de París