jueves, 19 de abril de 2007

Crónicas de la colmena

I
La noche abrió sus hendiduras y todos tuvimos nuestro trago de plomo. Pocas certidumbres como ésta, la voz de un elefante intrépido que le hace las cuentas a tu memoria, que no perdona lo que no aprendimos a olvidar. Entre los platos sucios, el polen de estas noches acaba por encender un entusiasmo inmóvil. Mítico animal de cabeza gacha, con la reverencia puesta en un rastro de gracia. Alguien sabrá afilar sus mentiras cuando ya ni los rincones sepan perdonar aquellas tenacidades. Súbitamente se organizó una cruzada por tu infierno, un tour marginal por tu suburbio... poco es lo que se sabe de lo que sabemos.
II
Se miró en el espejo, afiló los dientes contra el zócalo del baño. Un par de trabas más y el disfraz quedará completo. Afuera la noche llovía con indiferencia siglos amontonados y la esperanza era un billete que rodaba de mano en mano. Menos que penitente, casi siempre arrepentido se peinó las cejas y salió al mundo, a ponerse la calma y el apellido, a buscar una huida en el hilo incesante del laberinto. Asi las cosas, no tuvo más que extender caricias al portador, besos de cierre relámpago, semanas de sed y de ayuno.
Todo indica que está vivo por los poros, que lo mueve un tedio ecuménico y la vana escatología, pero basta con verle los brazos como gritos en la sombra, las calles dónde el desvelo es un triste derroche, para entender de una vez que el movimiento es otra forma de parálisis.
Agrietado por los ojos, vuelve a comer cada noche lo que queda en tu almohada.
Marcos Cáceres, Expedición del Tucumán, 1938.

1 comentario:

eva dijo...

podrán enseñar al niño a pescar, pero podrá acaso comprender el latido del agua en la marea?