viernes, 20 de abril de 2007

Estudio de Caso Nº 10

El espécimen se inquieta en jornadas como ésta, muerde los barrotes de su jaula, escupe sobre los diarios que le sirven de alfombra. Al principio pensamos que le favorecería el ayuno y la soledad, que no sería otra cosa más que pura eugenesia la calma de este encierro. Pero los últimos días han demostrado lo contrario. Cree que su corazón es un músculo ágil, le llama libertad a los tropiezos del tedio y en las siestas de incesantes soles se pone a contar las sílabas de la palabra futuro.
Repite que es tarde para los rituales,
que unas manos amarillas,
que el borde de la boca,
que la media luna de piel del escote,
se parecen a la patria.
Habíamos tratado de mantenerlo alejado de las ventanas y así logramos que se entretuviera leyendo los signos de su alfombra. Cuando cree no estar bajo observación repite unos versos mecánicamente:
“Días así
de cansadas mariposas
de besos acalambrados
en la mitad de la noche...”

Clara B. de Lescano, Observación y diagnóstico en cautiverio, Buenos Aires 2015.

jueves, 19 de abril de 2007

Crónicas de la colmena

I
La noche abrió sus hendiduras y todos tuvimos nuestro trago de plomo. Pocas certidumbres como ésta, la voz de un elefante intrépido que le hace las cuentas a tu memoria, que no perdona lo que no aprendimos a olvidar. Entre los platos sucios, el polen de estas noches acaba por encender un entusiasmo inmóvil. Mítico animal de cabeza gacha, con la reverencia puesta en un rastro de gracia. Alguien sabrá afilar sus mentiras cuando ya ni los rincones sepan perdonar aquellas tenacidades. Súbitamente se organizó una cruzada por tu infierno, un tour marginal por tu suburbio... poco es lo que se sabe de lo que sabemos.
II
Se miró en el espejo, afiló los dientes contra el zócalo del baño. Un par de trabas más y el disfraz quedará completo. Afuera la noche llovía con indiferencia siglos amontonados y la esperanza era un billete que rodaba de mano en mano. Menos que penitente, casi siempre arrepentido se peinó las cejas y salió al mundo, a ponerse la calma y el apellido, a buscar una huida en el hilo incesante del laberinto. Asi las cosas, no tuvo más que extender caricias al portador, besos de cierre relámpago, semanas de sed y de ayuno.
Todo indica que está vivo por los poros, que lo mueve un tedio ecuménico y la vana escatología, pero basta con verle los brazos como gritos en la sombra, las calles dónde el desvelo es un triste derroche, para entender de una vez que el movimiento es otra forma de parálisis.
Agrietado por los ojos, vuelve a comer cada noche lo que queda en tu almohada.
Marcos Cáceres, Expedición del Tucumán, 1938.