viernes, 30 de marzo de 2007

Números redondos

No hay violentas flores negras, sólo lentos ascensores. Desde este punto de caos partimos para ser hoy calma derramada. El poeta se suponía entre lentas flores y trató de descoser su mundo con un par de palabras desafiladas.
No hay gaviotas, ni abiertos horizontes, sólo esta sensatez de barro que nos cubre todos los contratos. Quisiéramos algo más: caminos sin plazo fijo, abrazos que no multipliquen, papeles sin gastadas oraciones. Pero al cabo de un día somos una cucaracha herida que no le teme a tu zapato. Es todo lo que se debe repartir, la inútil paciencia de los resignados.
Pienso en estas cosas mientras miro un papel con un número en la silla de un banco.
Juan María Brausen, Postales de Santa María, 1939.

miércoles, 14 de marzo de 2007

domingo, 11 de marzo de 2007

Lentos exorcismos

Es de otra estirpe este diablo. Con el primer saludo de su cola te da señales de vida, baila rituales fenéticos a ras de la nada. Parece encantador tanto misterio. Te invita a buscar los abismos, te promete horizontes sin futuro. Le crees, debes creerle, de eso depende el encantamiento, a eso estriba toda magia. Repites las palabras que te dice al oído, cuando hace frío y falta mujer en el cuerpo. Aprendes a comerte las uñas asiduamente, aprendes a que eso sea tu único alimento, al tiempo ya todo será reflexivo. Vas despreciando puertas, asumiendo caminos que no te sabrán, esa es tu tarea, vivir en ascuas, ser un remiendo de fugacidad en la piedra.
Nunca termina su tarea de escribirte los finales, nunca se completa el plan de huida. Un día te enseña cómo planear en la tormenta y al otro no te permite que arrugues el pliegue de tu camisa. Le prestas tu cuerpo noche a noche, le cubres las orfandades día tras día.
Este negocio siempre termina igual, con un ángel gastado comiendo de tus miedos, mientras el futuro sigue insinuando plazos fijos.
Pedro J. Pietre, Anotaciones 1980

miércoles, 7 de marzo de 2007

Flores blindadas

Una gallina vuelve a herir con su pico la tierra, el golpe es certero y raudo, nadie advierte lo simple de esta supervivencia. En una pared hay gritos guardados que parecen tristes guiños de humo a tu conciencia, que esperan escarbar un poco más en tu costado. Mejor aprender a no perder las llaves ni el saludo, a sujetar bien fuerte el reloj en tu muñeca. Es importante delimitar cada sombra, poner las ollas en el punto exacto de la gotera, que el vértigo no desborde tu rutina por sus debajos. Histriónico pero sutil, el hombre del espejo cada vez ajusta mejor el nudo de su corbata, al poco tiempo no habrá más que acostumbradas certidumbres: el fin de mes, los días hábiles, un morbo que se encapricha y afina con el calendario.
Un gusano ciego se alimenta de tus hojas, corroe despacio los oscuros cimientos de tu memoria. Pasado un tiempo, inútil será cualquier ejercicio de la emoción. Cómodamente adormecido el día es algo que sucede entre dos ocasos.
Remo Erdosain, Nervaduras de cobre, 1945