miércoles, 28 de febrero de 2007

Ars poetica

La hoja en blanco obliga a la primera palabra, luego todo será como fue previsto. Afuera la ciudad tejerá los hábitos del domingo y organizará opacas ceremonias. Piensa en los rituales imaginarios, piensa en un altar de sacrificio. Un hombre que muere por la palabra comparte el vacío con aquel que apaga su propia vida, sólo los separa una obstinada inercia. Un hombre que ensaya su propia muerte termina por vencer a las palabras e interrumpe la oración antes de llegar al punto. El escribiente ha abandonado sus antiguas certidumbres, ha nublado cada límite de su territorio. Sólo queda el silencio como ámbito de toda música. Escribe las primeras lineas con palabras gastadas, el papel no las tolera, tacha y comienza de nuevo. Intenta un recuerdo que prometa un origen, la piedra donde fundar un templo. La tinta le mancha las manos cuando siente cada verbo. Piensa que la libertad es el descuido de un centinela ciego. El escribiente retoma un verso olvidado, une con una linea punteada una oración con otra, juega a dejar rastros en el papel, la velocidad de una espiral en pleno vacío. El hombre se ha perdido en la boca de una mujer que no existe, en el olor de la lluvia sobre la piel de las ciudades. El procedimiento debiera ser simple, primero un pie y luego el otro, más tarde el vértigo necesario. El hombre caerá al suelo antes de que el poema esté terminado.
Carlos A. Daneri, La ubicuidad de la piedra, Buenos Aires 1938

martes, 27 de febrero de 2007





Ceremonias Fugaces

Saben qué flores le gustarán a los cerdos y entienden de qué se trata esa torpe preferencia de escenarios. Cuando se apague el sonido, ya no habrá más que inocencia, cansada inocencia de los tontos, de los ingenuos que le mueven el culo al ingrato mundo. Estrellas desde la ventanilla de un tren, la estela de un barco que se llama exilio, un amor que imita al abandono. Todo a los cerdos. La primera fatiga en tus brazos, el temblor primordial de la violencia, algunas implicancias del coraje o del miedo. Todo a los cerdos. A los cerdos tus frágiles días, a los cerdos tus anchas noches. Tu sed, tu morbo, tu vacío, a los cerdos, tu olor y tu tedio, todo a los cerdos. Piedras que sabrán tu nombre, fechas de cansado olvido, de todo come este barro de origen. Para tu hambre, ofrecen su soledad en un ramo.

Silas Haslam “History of a land called Uqbar” 1874

Nota Nº 13

Mi ciudad ha sido devorada por las flores y hundida en un viejo silencio. No llegó de los miedos conocidos, no vino de la muerte perdurable. Nació de imprevisto en una confusa conversación en el bar, en el primer beso que me dio la lejanía.
La germinación no fue azarosa y los primeros en caer no fueron los poetas, tal como manda la literatura. Un ujier fue herido de un brote certero en la sien y cayó hecho racimo en la plaza. Una adolescente lo vio derrumbarse y sintió los temblores de una primavera trepándole hasta su boca, mientras un ramo de jazmines se asomaba por su falda. Un notario que fumaba flores cayó de bruces ante un poema con un puño rosado creciéndole en el pecho.
Durante un tiempo no se tuvo más que colores y perfumes. Con cierta perplejidad comenzamos a extrañar la indecisión de los grises, la aridez del marrón, la perfección del negro. La belleza comenzó a crecer en la basura, entre algodones sucios y vidrios rotos.
Yo comencé a mirarme los ojos en un espejo de barro, hasta torcerme el tallo como un narciso ciego.

Ossip Gregorovius, Cuadernos de Paris.