domingo, 14 de octubre de 2007

Acuerdo de partes

Un hombre que sigue escribiendo cartas de despedida en todos sus poemas, otro que está decidido a encontrar el hilo suelto en la trama, otro que jura que es capaz de sentir el movimiento de las raíces de asfalto creciendo en los márgenes de la ciudad, mientras otro que lo escucha pregunta por la etimología de la palabra progreso.
Éste que sale a manchar los libros,
a darles torpes travesías
a perderlos
en las oficinas
en las plazas
en las casas
de las amantes
remotas.
Reniega de la vida que le dicta su agenda,
intenta con una Bic azul
arrancar el símbolo de copyright de la palabra misterio.
Aquel otro que comprende la oscura sensatez del mundo, de la gente que se mide los pasos en perfectas paralelas con la boca del abismo.
Boca de una amazona
___________________que
______________________baja
_________________________hasta
_____________________________el
_______________________________borde
____________________________________de
______________________________________mi risa.
Plenario de seres con poros abiertos que bailan su extinción al ritmo del rechinante eje terrestre.
Sonido de goznes cansados trae la primavera.
La vida insiste en sí misma
Hasta la última letra.

Marcos Cáceres, Azogue, barro y tiempo, Santiago del Estero 1985.

lunes, 30 de julio de 2007

Instrucciones al dorso

Sin mover los pies del plato, ni alterar las exactas geometrías, te piden que respires por el bozal precario que son las grietas de tu máscara, que aprendas a medir distancias entre tus manos y el mundo, mientras asimilas lentamente los relieves de una ciudad que te devora a diario. No importa cómo suene tu voz en este grito, ni cuántas noches de insomnio te dejen el corazón sombrío, lo único imperdonable es dudar de lo aprendido. Sabes combinar la moda con tus apetitos, acomodar prolijamente tus placeres en los casilleros del calendario. Así todo debería seguir funcionando. Con tus nervios adormecidos, con un lucro prudente pero carnívoro, te pones a buscar los papeles que te devuelvan el nombre y el número que ocupas en este circo. Te piden exacto el parlamento, que las líneas te crucen la memoria, que sea imperceptible, todo lo necesario para que disfraces el miedo primitivo. Con estas precauciones será improbable que intentes indagar al espejo, que te mires en los ojos del centinela ciego. De cara al vacío, con una mueca inútil, la resignación es una blanca bandera entre tus dientes.


Manuel Traveller, La sintaxis y otros límites, Buenos Aires 1953.

martes, 22 de mayo de 2007

Rituales paganos

Mordido por la dicha a la hora exacta en que el día se ha vuelto una sonrisa de mandibulas apretadas. Algunas polillas aprendieron a caer en su mesa cuando enciende los restos de su gracia y encuentra al entusiasmo mordiéndole la botamanga de su pantalón. Nadie debería creer en la rigidez de su tedio, nadie debería tratar de despegar su estampa de la mesa del bar. A todo momento le parece estar masticando el cartílago triste de la belleza, mientras golpea brutalmente los parches de su tambor ceremonial.
En el fondo enternecen las torpes representaciones de su sombra, los autorretratos de espaldas al espejo. Lleva su herida como un estandarte, como un oscuro privilegio de estos días. Una incomoda nariz va formando el disfraz y se agita, se conmueve y parpadea. Se equivoca en el tiempo, la síncopa de su corazón lo distrae, transpira y es un solo músculo que se contrae y se pierde, el movimiento es el idioma del parche, de su mano que asfixia los palillos de madera. Todo náufrago guarda una convulsión secreta, la memoria de los maderos, la soledad del sobreviviente. Termina la canción ritual y solo, con su frente bien peinada, presiente un mundo tan obvio.
Cada tanto una mosca se posa en su llaga a libar sus venenos, entonces la figura se completa y no hay distancia entre él y cualquier otro Cristo.

Luis Pereda, Memoria del suburbio, Buenos Aires 2007

viernes, 11 de mayo de 2007

Principio de Arquimedes


El asunto sigue siendo entender los signos en la hoja de ruta. Martínez cree que los arabescos que ha trazado en el papel pueden entenderse como carta de navegación. Yo no discuto, sólo manejo, si una noche de estas amanecemos incrustados en medio de la Gral. Paz, no va a ser mi culpa. El resto de la tripulación ha sabido entender que esta humildad no es otra muestra de lo precario y que las pulgas que los habitan sirven al menos para dar cierta vitalidad a sus cuerpos. Hay una de la carga (como les llama Martínez) que puede mover la punta de los dedos ni bien se le presta un poco de atención y hasta llega a abrir la boca cuando le hablas. A Martínez y a los otros les gusta ir atrás y hablarle seguido, yo no, me dan asco las pulgas. El médico de la base me revisó y dijo que lo mío es un miedo venéreo, yo sé que son sólo las pulgas. Además no quiero encariñarme, puede que un día de estos no sepa cómo descifrar los dibujos de Martínez y ahí sí que no puedo volver a tener asco ni nada. Mejor no, además la carga dura tan poco. Martínez dice que no sufren cuando dan contra el agua, que para el caso es lo mismo porque ya vienen amortiguados de la base. A mi me da la impresión que el vértigo los mata en el aire. Los cuerpos paralelos al río, los miembros agitándose, blandiendo en vano sus extremidades, siempre que los veo caer pienso en que la velocidad no sólo come del tiempo.



Suboficial Principal Antonio Domínguez, Plan de vuelo, Buenos Aires 2076

jueves, 3 de mayo de 2007

Nota Nº 10

Han sido días extraños, el sol aprendió a concentrar su pulso contra las tapias, mientras los árboles arrastraban sus brazos cansados. Le crecieron canas a los pelos de mi lengua y un ojo inquieto comenzó a asomar por cada cerradura. He revisado mis hojas, mis cuadernos de bitácora, todo el intrincado mapa de signos en el Libro del poeta y aun hoy no puedo comprender los motivos de estas tardes de verano. Con un vacío simétrico corriéndole por la espalda, enero parece ya haber ocurrido en el paréntesis de los días. Siempre hay gorriones en los edificios públicos que compensan el silencio de las oficinas, siempre hay golondrinas que disputan el vértigo de las antenas. Yo llevo una nube atada a la sien que se enreda en los cables cuando entro a los cafés, que visita a las mujeres que fui perdiendo, que se oscurece de torpes ontologías y se conmueve, pero aun así no sabe llover sobre mis pasos. La ciudad vacía es un animal sin misterio, un ciego que se repite en los espejos y piensa que no está solo. En días como estos es recomendable tener algo que sostenga estos huesos, no la memoria, sino la lluvia, la sed, los caminos...
Sin embargo el calendario desploma días idénticos ante mis ojos, mientras que en la mesa duermen las palabras con las que mido el tiempo.
Ossip Gregorovius, Cuadernos de París

viernes, 20 de abril de 2007

Estudio de Caso Nº 10

El espécimen se inquieta en jornadas como ésta, muerde los barrotes de su jaula, escupe sobre los diarios que le sirven de alfombra. Al principio pensamos que le favorecería el ayuno y la soledad, que no sería otra cosa más que pura eugenesia la calma de este encierro. Pero los últimos días han demostrado lo contrario. Cree que su corazón es un músculo ágil, le llama libertad a los tropiezos del tedio y en las siestas de incesantes soles se pone a contar las sílabas de la palabra futuro.
Repite que es tarde para los rituales,
que unas manos amarillas,
que el borde de la boca,
que la media luna de piel del escote,
se parecen a la patria.
Habíamos tratado de mantenerlo alejado de las ventanas y así logramos que se entretuviera leyendo los signos de su alfombra. Cuando cree no estar bajo observación repite unos versos mecánicamente:
“Días así
de cansadas mariposas
de besos acalambrados
en la mitad de la noche...”

Clara B. de Lescano, Observación y diagnóstico en cautiverio, Buenos Aires 2015.

jueves, 19 de abril de 2007

Crónicas de la colmena

I
La noche abrió sus hendiduras y todos tuvimos nuestro trago de plomo. Pocas certidumbres como ésta, la voz de un elefante intrépido que le hace las cuentas a tu memoria, que no perdona lo que no aprendimos a olvidar. Entre los platos sucios, el polen de estas noches acaba por encender un entusiasmo inmóvil. Mítico animal de cabeza gacha, con la reverencia puesta en un rastro de gracia. Alguien sabrá afilar sus mentiras cuando ya ni los rincones sepan perdonar aquellas tenacidades. Súbitamente se organizó una cruzada por tu infierno, un tour marginal por tu suburbio... poco es lo que se sabe de lo que sabemos.
II
Se miró en el espejo, afiló los dientes contra el zócalo del baño. Un par de trabas más y el disfraz quedará completo. Afuera la noche llovía con indiferencia siglos amontonados y la esperanza era un billete que rodaba de mano en mano. Menos que penitente, casi siempre arrepentido se peinó las cejas y salió al mundo, a ponerse la calma y el apellido, a buscar una huida en el hilo incesante del laberinto. Asi las cosas, no tuvo más que extender caricias al portador, besos de cierre relámpago, semanas de sed y de ayuno.
Todo indica que está vivo por los poros, que lo mueve un tedio ecuménico y la vana escatología, pero basta con verle los brazos como gritos en la sombra, las calles dónde el desvelo es un triste derroche, para entender de una vez que el movimiento es otra forma de parálisis.
Agrietado por los ojos, vuelve a comer cada noche lo que queda en tu almohada.
Marcos Cáceres, Expedición del Tucumán, 1938.

viernes, 30 de marzo de 2007

Números redondos

No hay violentas flores negras, sólo lentos ascensores. Desde este punto de caos partimos para ser hoy calma derramada. El poeta se suponía entre lentas flores y trató de descoser su mundo con un par de palabras desafiladas.
No hay gaviotas, ni abiertos horizontes, sólo esta sensatez de barro que nos cubre todos los contratos. Quisiéramos algo más: caminos sin plazo fijo, abrazos que no multipliquen, papeles sin gastadas oraciones. Pero al cabo de un día somos una cucaracha herida que no le teme a tu zapato. Es todo lo que se debe repartir, la inútil paciencia de los resignados.
Pienso en estas cosas mientras miro un papel con un número en la silla de un banco.
Juan María Brausen, Postales de Santa María, 1939.

miércoles, 14 de marzo de 2007

domingo, 11 de marzo de 2007

Lentos exorcismos

Es de otra estirpe este diablo. Con el primer saludo de su cola te da señales de vida, baila rituales fenéticos a ras de la nada. Parece encantador tanto misterio. Te invita a buscar los abismos, te promete horizontes sin futuro. Le crees, debes creerle, de eso depende el encantamiento, a eso estriba toda magia. Repites las palabras que te dice al oído, cuando hace frío y falta mujer en el cuerpo. Aprendes a comerte las uñas asiduamente, aprendes a que eso sea tu único alimento, al tiempo ya todo será reflexivo. Vas despreciando puertas, asumiendo caminos que no te sabrán, esa es tu tarea, vivir en ascuas, ser un remiendo de fugacidad en la piedra.
Nunca termina su tarea de escribirte los finales, nunca se completa el plan de huida. Un día te enseña cómo planear en la tormenta y al otro no te permite que arrugues el pliegue de tu camisa. Le prestas tu cuerpo noche a noche, le cubres las orfandades día tras día.
Este negocio siempre termina igual, con un ángel gastado comiendo de tus miedos, mientras el futuro sigue insinuando plazos fijos.
Pedro J. Pietre, Anotaciones 1980

miércoles, 7 de marzo de 2007

Flores blindadas

Una gallina vuelve a herir con su pico la tierra, el golpe es certero y raudo, nadie advierte lo simple de esta supervivencia. En una pared hay gritos guardados que parecen tristes guiños de humo a tu conciencia, que esperan escarbar un poco más en tu costado. Mejor aprender a no perder las llaves ni el saludo, a sujetar bien fuerte el reloj en tu muñeca. Es importante delimitar cada sombra, poner las ollas en el punto exacto de la gotera, que el vértigo no desborde tu rutina por sus debajos. Histriónico pero sutil, el hombre del espejo cada vez ajusta mejor el nudo de su corbata, al poco tiempo no habrá más que acostumbradas certidumbres: el fin de mes, los días hábiles, un morbo que se encapricha y afina con el calendario.
Un gusano ciego se alimenta de tus hojas, corroe despacio los oscuros cimientos de tu memoria. Pasado un tiempo, inútil será cualquier ejercicio de la emoción. Cómodamente adormecido el día es algo que sucede entre dos ocasos.
Remo Erdosain, Nervaduras de cobre, 1945

miércoles, 28 de febrero de 2007

Ars poetica

La hoja en blanco obliga a la primera palabra, luego todo será como fue previsto. Afuera la ciudad tejerá los hábitos del domingo y organizará opacas ceremonias. Piensa en los rituales imaginarios, piensa en un altar de sacrificio. Un hombre que muere por la palabra comparte el vacío con aquel que apaga su propia vida, sólo los separa una obstinada inercia. Un hombre que ensaya su propia muerte termina por vencer a las palabras e interrumpe la oración antes de llegar al punto. El escribiente ha abandonado sus antiguas certidumbres, ha nublado cada límite de su territorio. Sólo queda el silencio como ámbito de toda música. Escribe las primeras lineas con palabras gastadas, el papel no las tolera, tacha y comienza de nuevo. Intenta un recuerdo que prometa un origen, la piedra donde fundar un templo. La tinta le mancha las manos cuando siente cada verbo. Piensa que la libertad es el descuido de un centinela ciego. El escribiente retoma un verso olvidado, une con una linea punteada una oración con otra, juega a dejar rastros en el papel, la velocidad de una espiral en pleno vacío. El hombre se ha perdido en la boca de una mujer que no existe, en el olor de la lluvia sobre la piel de las ciudades. El procedimiento debiera ser simple, primero un pie y luego el otro, más tarde el vértigo necesario. El hombre caerá al suelo antes de que el poema esté terminado.
Carlos A. Daneri, La ubicuidad de la piedra, Buenos Aires 1938

martes, 27 de febrero de 2007





Ceremonias Fugaces

Saben qué flores le gustarán a los cerdos y entienden de qué se trata esa torpe preferencia de escenarios. Cuando se apague el sonido, ya no habrá más que inocencia, cansada inocencia de los tontos, de los ingenuos que le mueven el culo al ingrato mundo. Estrellas desde la ventanilla de un tren, la estela de un barco que se llama exilio, un amor que imita al abandono. Todo a los cerdos. La primera fatiga en tus brazos, el temblor primordial de la violencia, algunas implicancias del coraje o del miedo. Todo a los cerdos. A los cerdos tus frágiles días, a los cerdos tus anchas noches. Tu sed, tu morbo, tu vacío, a los cerdos, tu olor y tu tedio, todo a los cerdos. Piedras que sabrán tu nombre, fechas de cansado olvido, de todo come este barro de origen. Para tu hambre, ofrecen su soledad en un ramo.

Silas Haslam “History of a land called Uqbar” 1874

Nota Nº 13

Mi ciudad ha sido devorada por las flores y hundida en un viejo silencio. No llegó de los miedos conocidos, no vino de la muerte perdurable. Nació de imprevisto en una confusa conversación en el bar, en el primer beso que me dio la lejanía.
La germinación no fue azarosa y los primeros en caer no fueron los poetas, tal como manda la literatura. Un ujier fue herido de un brote certero en la sien y cayó hecho racimo en la plaza. Una adolescente lo vio derrumbarse y sintió los temblores de una primavera trepándole hasta su boca, mientras un ramo de jazmines se asomaba por su falda. Un notario que fumaba flores cayó de bruces ante un poema con un puño rosado creciéndole en el pecho.
Durante un tiempo no se tuvo más que colores y perfumes. Con cierta perplejidad comenzamos a extrañar la indecisión de los grises, la aridez del marrón, la perfección del negro. La belleza comenzó a crecer en la basura, entre algodones sucios y vidrios rotos.
Yo comencé a mirarme los ojos en un espejo de barro, hasta torcerme el tallo como un narciso ciego.

Ossip Gregorovius, Cuadernos de Paris.